Ductilidad de Carlos Rodal

Jaime Moreno Villarreal

La primera sensación es la del trazo como conductor de energía.  ¿De qué energía se trata, si es que en pintura puede hablarse de otra energía que no sea la del impulso o trabajo corporal del artista?  Quizá la sensación se despierta por el color de la línea trazada —fulgurante, a veces fosforescente— en una atmósfera que en ciertos cuadros no es propiamente un “fondo” sino casi un tegumento.  De ahí puede extraerse esa sensación de energía vital.  Vienen la espiral y el remolino, la flecha envolvente, el velo, la mácula y el glifo.  Pero algo sustancial falta en este detallamiento del trazo conductor, pues la palabra misma “trazo” parece inadecuada, no da cuenta de la experiencia.

Un trazo es necesariamente una huella, la marca de algo que pasó, que ha quedado impresa y por supuesto detenida.  Pero la sensación ante la pintura de Carlos Rodal es que el trazo está sucediendo, o más precisamente, que en todo momento está conduciendo.  Si al ponernos frente a frente con la pintura, la experiencia se revela al cabo como un encuentro de subjetividades (como lo subraya Rodal al rechazar la noción del cuadro pictórico como objeto y concebirlo en cambio como contenedor de subjetividad), en una relación de ida y vuelta, no es el trazo y el trazado del cuadro lo que salta a la vista, en tanto que los enlaces de subjetividades resultan asunto mucho más que puramente gráfico y mucho más allá del orden de las ideas:  ocurre una actividad holística cifrada en extensiones que involucran sentidos y mociones corporales.

Podría asegurarse de primer paso que la pintura de Rodal, al ser tan diáfanamente sensorial, no mueve particularmente a una intelección teorizante, por más que sus envíos y retornos en la tradición moderna sean evidentes:  Matisse, Kandinsky, de Kooning, Miró, Matta, Mathieu, Twombly… y claro está, la action painting, y más allá el graffiti, para decir de otro modo que Rodal es un artista envuelto en un saber-hacer plenario.  Pero no va por ahí.  Es decir que su pintura, por bien emplazada que esté en una esfera pictórica reconocible, nos conduce más bien rumbo a otra esfera.  De nuevo he empleado la palabra “conducir”.

Al hablar y escribir de pintura —de la pintura que, como decía Luis Cardoza y Aragón, “tiene problema”—, los usos del lenguaje no son más que asideros.  Se puede ser más o menos certero en la expresión, pero siempre quedará un suplemento de silencio practicable sólo por medio de la contemplación, una contemplación que abra poros y vasos sanguíneos y terminaciones nerviosas, y no solamente los ojos al integrar la obra de arte con el sujeto.  Para abordar la pintura de Carlos Rodal quiero detenerme en un silencio integrado al lenguaje.  Está en el término latino ductus, que la lengua española desplazó del campo gráfico al adoptar con preferencia la noción de “trazo” (también del latín tractus).  En otro tiempo, ductus daba un sentido de traslado a la línea dibujada que finalmente se detuvo en tractus.  Traigo esto a cuento porque en la pintura de Rodal, más que el trazo y el trazado, como decía, me resultan evidentes lo dúctil y la ductilidad, es decir lo con-ducente.  Dicho en otros términos, si hay tallo y rama y hoja, no es superficie ni forma lo que en la pintura de Rodal se deduce de ellas sino la savia y la vida.  Queda a la vista que el silencio del ductus no lo es tanto, pues se transportó al español justo en esta de-ducción, tanto como en otras palabras que pueden ponerse en juego, de subjetividad a subjetividad, con la obra del artista.  Lo dúctil se traslada con toda flexibilidad también a su escultura en acero pintado de verde para mayor correlación, donde el espacio se inventa en flujos.

¿Hacia dónde nos traslada tanta ductilidad en Rodal?, ¿a cuál otra esfera?  Al poco de sumergirnos en sus materias comienzan a despuntar alusiones figurativas —tallos, frutos, nidos colgantes, serpientes, cornamentas de venado— entremezcladas con acontecimientos gestuales.  Se hace aparente la fusión de un automatismo de sesgo surrealista con un dominio de mano y factura que es memoria y maestría en acto.  Más allá del mero trazo, lo que se instaura es el gesto, es decir la corporalidad:  esa energía vital entrañada en la primera sensación que produce su pintura.  Señas del arte de los códices mesoamericanos y de la pintura parietal de Aridoamérica surgen al alcance, y en un tris hace sentido ese ámbito de colores fulgentes hermanado al cromatismo del arte huichol, arte en efecto conducente de una forma de experiencia mística.  El cuadro se ha puesto y nos ha puesto en movimiento mediante la ductilidad del gesto, y así se definen dos claros momentos visuales:  el del detenimiento en que el artista fija lo existente que está fluyendo, y el de la marcha o andadura que transporta hacia horizontes o interiores un dinamismo.  Carlos Rodal traduce así tanto la contemplación como la peregrinación, dos formas del viaje espiritual.  A través de ambos momentos, el cuadro se plantea como un portal que mueve a cruzarlo, y es en esa moción donde el silencio del ductus aflora:  al tiempo que nos seduce, nos produce.

La obra de Carlos Rodal lleva así de la vista a la visión, pero no muestra sino que encauza y guía, abre la estela por donde seguimos.  De cuando en cuando se distinguen puntos luminosos, y de repente el rastro se ilumina.

Texto para la muestra <<Regiones Luminosas>> Mueso de la Artes de la Universidad de Guadalajara, MUSA. Verano del MMXVII