Bajo el Signo de la Luz

Jorge Esquinca

Desde sus comienzos, la pintura de Carlos Rodal ha conservado una fidelidad esencial por los diversos reinos que la luz inaugura y despliega ante nuestros ojos. Fidelidad entendida también como una pasión de la mirada. Al contemplar el mundo con la atención y la profundidad indispensables,  la mirada del artista se ha orientado hacia los orígenes. Seres y creaturas en estado naciente habitan hoy su pintura como en una suerte de jardín encantado: una flor y una estrella, un grillo y una mazorca ocupan en el espacio planos de semejanza que los hermanan y desde ellos irradian un nuevo resplandor. Como si aquellas almas delicadas nos hablaran en un lenguaje de colores que entendemos, con el que podemos dialogar y sentirnos próximos.

Si bien es una pintura que ha optado por un máximo despojamiento, concentrando su energía en un minucioso entramado de líneas y formas orgánicas –lianas y vainas, espirales y cruces- no por ello deja de retarnos también con los enigmas que convoca y hace visibles. Ciertos emblemas de la cultura wixárika, por ejemplo, son claramente perceptibles, aunque reinterpretados por la visión del artista y, a la vez, inmersos en un contexto diverso. El legendario venado azul adquiere entonces las características de una constelación y el “Ojo de Dios” es un vórtice por el que es posible adivinar el infinito.

Todo lo que existe, parece decirnos Rodal, vive un perpetuo ciclo donde muerte y nacimiento son la unidad que surge de un mismo vaivén, sin fin ni principio. De ahí su predilección por las cosmologías precolombinas y las enseñanzas de Mater Naturae: sembradíos que son el espejo terrestre de una labranza sideral, ríos y volcanes que se resuelven en un estallido de fulgores sobre el lienzo.  Un carácter decididamente celebratorio anima estas pinturas que son, también, un elogio del goce que se obtiene al realizarlas; la mano del artista –conocedora de su oficio- parece danzar sobre la superficie de la tela y alternar momentos de arrebatado impulso con otros, no menos frecuentes, en los que el espíritu del pintor parece aquietarse y entregarnos instantes en que la violencia de la luz establece una alianza con la serenidad.

Un jardín en permanente floración, en imparable transformación. Un jardín donde impera la luz. Aun por la noche, en completa oscuridad, las formas y las creaturas que lo pueblan emiten un pulso luminoso.

Texto para la muestra <<Regiones Luminosas>>
Mueso de la Artes de la Universidad de Guadalajara, MUSA.
Verano del MMXVII